Un día Eros, el pequeño dios del amor, se sentó junto a un río, jugando con sus flechas. Las flechas eran muy pequeñas. Algunas tenían puntas doradas, y otras, puntas de plomo. Ninguna de esas flechas parecía que pudiera hacer mucho daño.

Ese día Apolo caminaba junto a ese mismo río, cuando volvía de su pelea con la serpiente de la oscuridad, llamada la Pitón. Usó muchas de sus maravillosas flechas doradas para matar a dicha serpiente. Sintiéndose muy orgulloso de su victoria, cuando vio a Eros dijo: «¿Para qué sirven esas flechas tan pequeñas que tienes?» Eros se sintió muy herido por esto. No dijo nada, simplemente se llevó sus flechas y voló hacia lo alto del monte Parnaso.

Estatua de Apolo y Dafne
Foto por Mateus Campos Felipe de Unsplash

Allí se sentó en la hierba y tomó una flecha de punta de plomo de su carcaj. Buscando un objetivo para su flecha, vio a Dafne caminando por una arboleda. Dafne era la hija de Peneo, un dios fluvial. Ella era tan bella que las flores levantaban sus cabezas y florecían completamente a su paso. Eros disparó la flecha con punta de plomo directamente al corazón de Dafne. A pesar de no hacerle ningún daño, esta pequeña flecha roma hizo que Dafne se sintiera asustada, y sin saber de qué estaba huyendo empezó a correr.

Fue entonces cuando Eros, que era muy travieso, tomó una de sus flechas de punta dorada de su carcaj e hirió a Apolo con ella. Esta flecha tuvo el poder de hacer que Apolo se enamorase de lo primero que viera. Esta fue Dafne, quien llegó corriendo, con su pelo dorado flotando tras de sí.

Apolo le dijo a Dafne que no había nada que temer. Entonces, como ella no podía dejar de correr, Apolo corrió tras ella. Mientras más rápido iba Apolo, más corría Dafne, quien tenía cada vez más y más miedo por causa de la flecha que tenía en su corazón.

Ella corrió hasta que llegó a la orilla del río de su padre, y en ese momento estaba tan cansada que no podía correr más. Llamó a su padre pidiendo ayuda. El dios fluvial la oyó, y antes de que Apolo pudiera alcanzarla, la transformó en un árbol, un hermoso árbol con brillantes hojas verdes y flores tan rosadas como las propias mejillas de Dafne.

Cuando Apolo llegó, ahí se encontraba Dafne, en la orilla del río en forma de un hermoso árbol. Apolo tenía el corazón roto, por ver cómo acababa de perder a Dafne. Todo fue a causa de la flecha de punta dorada. Como este árbol era lo único que quedaba de Dafne, Apolo amaba al árbol, y dijo que había de ser trasplantado a un lado de su templo. Él mismo se hizo una corona con las brillantes hojas verdes, que llevó puesta siempre en honor a Dafne. Este árbol crece aún en la actualidad en Grecia, llamado el laurel de Apolo.


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