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El mito de Perseo y Medusa es una historia griega con un argumento que se va complicando a medida que te adentras en la leyenda. A continuación puedes leer la historia completa.

Representación mito Perseo y Medusa mitología griega
Representación de Perseo y Medusa por Brendon Schumacker

El cofre de madera

Había un rey de Argos que tenía una sola hija. Si hubiera tenido un hijo, lo habría entrenado para que fuese un hombre valiente y un gran rey; pero no sabía qué hacer con su hija de pelo rubio. Cuando vio que ella creció y se volvió alta, delgada y sabia, se preguntó si, después de todo, le daría todas sus tierras, oro y su reino a ella. Así que envió a Delfos y le preguntó a la Pitia (pitonisa). La Pitia le dijo que no sólo moriría, sino que el hijo de su hija le provocaría la muerte.

Esto asustó mucho al rey, así que trató de idear un plan que evitase que se cumpliesen las palabras de la Pitia. Al final decidió que construiría una prisión para su hija y retenerla ahí durante toda su vida. Llamó a sus trabajadores y les hizo cavar un gran hoyo en el suelo, donde construyeron una casa de bronce con una sola habitación y ninguna puerta, tan solo tenía una pequeña ventana en la parte superior. Cuando acabaron las construcciones, el rey puso a la doncella, cuyo nombre era Dánae, en ella; y junto a ella puso a su enfermera, sus juguetes, sus vestidos y todo aquello que consideró que la haría feliz.

«Ahora veremos cómo no siempre se cumplen las palabras de la Pitia» afirmó.

Así, Dánae fue encerrada en esta prisión de bronce. No tenía nadie con quien hablar excepto su anciana enfermera; nunca vio la tierra o el mar, solo el cielo azul sobre su ventana abierta y de vez en cuando alguna nube blanca que se cruzaba. Día tras día se sentaba bajo la ventana y se preguntaba por qué su padre la retenía en ese lugar tan solitario, y si alguna vez vendría para sacarla. Cada día Dánae seguía creciendo y se volvió cada vez más bella, con ello se convirtió en una mujer alta y hermosa; en ese momento Zeus empezó a mirarla desde las nubes y se enamoró de ella.

El nacimiento de Perseo

Un día le pareció que los cielos se abrían y una lluvia dorada caía por entre su ventana en su habitación; cuando la lluvia acabó, se erigió un hombre joven y noble que le sonrió. Ella desconocía que se trataba del mismísimo Zeus, pensó que era un valiente príncipe que había venido desde el mar para liberarla de su prisión.

Tras esta aparición, él vino más veces, siempre como un joven alto y guapo; con el tiempo se casaron, siendo la enfermera la única en la boda, Dánae estaba por fin contenta de no sentirse sola incluso cuando él no estaba. Sin embargo, cuando un día él trepaba por la estrecha ventana, se divisó un gran destello de luz, y ella nunca lo volvió a ver.

Pronto después Dánae tuvo un hijo, un niño al que llamó Perseo. Durante cuatro años ella y la enfermera lo mantuvieron escondido, ni siquiera las mujeres que les traían comida sabían nada. Pero un día el rey pasaba por ahí y escuchó los balbuceos del niño. Cuando conoció la verdad se alarmó mucho, porque sabía que de ahora en adelante las palabras de la Pitia se podrían volver realidad.

La única forma que tenía de salvarse era matando al niño antes de que fuera lo suficientemente mayor como para hacer daño. Pero cuando sacó al pequeño Perseo y a su madre de la prisión, vio lo indefenso que era el niño y no pudo soportar la idea de matarlo. El rey, aunque fuera cobarde, tenía un gran corazón y no le gustaba ver a alguien sufrir. Aún así, había que hacer algo.

Así pues, mandó a sus sirvientes a construir un cofre de madera que fuera espacioso, fuerte y estanco; cuando lo acabaron, puso a Dánae y a su hijo en él y lo dejó en el mar arrojado por las olas. Él pensó que de esta manera se libraría de ambos sin tener que ver a su nieto morir.

Al día siguiente, la bella Dánae y su hijo iban a la deriva en el mar. Las olas chocaban alrededor del cofre flotante, el viento soplaba alegremente y las aves marinas volaban por encima; el niño no tenía miedo, jugaba con sus manos en las olas, se reía y devolvía los gritos a las aves.

Pero la segunda noche todo cambió. Se formó una tormenta, el cielo estaba negro, las olas eran altas como montañas y los vientos rugían ferozmente; aún así, el niño dormía plácidamente en los brazos de su madre mientras Dánae le cantaba una canción.

Finalmente la mañana del tercer día llegó. El cofre fue llevado por el mar hasta la costa arenosa de una isla extraña donde habían campos verdes y, más allá de ellos, un pequeño pueblo. Un hombre que pasaba por la zona vio el cofre y lo arrastró más arriba. Miró dentro y encontró a una mujer hermosa y un niño pequeño. Los ayudó a salir y los condujo a su hogar, donde los cuidó muy amablemente. Cuando Dánae le contó su historia, él le ofreció quedarse en su casa donde él sería un verdadero amigo para ambos.

Las zapatillas mágicas

Dánae y su hijo se quedaron en la casa del buen hombre que los salvó del mar. Los años pasaron, Perseo creció y se convirtió en un hombre fuerte, alto, guapo y valiente. El rey de la isla, cuando vio a Dánae, quedó tan contento con su belleza que quiso casarse con ella. Pero él era un hombre oscuro y cruel, a ella no le gustaba en absoluto así que le dijo que no se casaría con él. El rey pensó que Perseo era la causa del problema, así que si conseguía encontrar la forma de mandar al joven hombre en un largo viaje, quizá podría forzar a Dánae a casarse con él.

Un día llamó a todos los hombres jóvenes de su tierra y les dijo que pronto se casaría con la reina de otras tierras más allá del mar. En aquellos tiempos la norma era que, cuando un hombre se iba a casar, debía ofrecer preciados regalos al padre de la novia.

«¿Qué tipos de regalos quiere?» dijeron los jóvenes.

«Caballos» contestó; ya que sabía que Perseo no tenía ninguno.

«¿Por qué no pide usted algo valioso?» dijo Perseo, que estaba molesto por la forma en que el rey lo trataba. «¿Por qué no pide, por ejemplo, la cabeza de Medusa

«¡Pues será la cabeza de Medusa!» exclamó el rey. «Estos jóvenes me traerán caballos pero tú deberás traerme la cabeza de Medusa.»

«La traeré» dijo Perseo. Sus jóvenes amigos se rieron de él por sus ingenuas palabras mientras él se iba enrabietado.

Su madre le había contado sobre Medusa. Lejos, muy lejos, al final del mundo, vivían tres extraños monstruos las cuales eran hermanas. Estas eran las gorgonas. Tenían los cuerpos y caras de mujer, pero tenían alas de oro, temibles garras de bronce y su pelo estaba lleno de serpientes vivas. Eran tan horrorosas que ningún hombre podía soportar verlas, pero quien fuera que las mirase resultaba petrificado. De estas tres, solo Medusa era mortal.

Cuando Perseo salió del palacio del rey, comenzó a sentirse culpable de haber hablado de una forma tan imprudente. Desconocía completamente cómo encontrar a las gorgonas y además no tenía un arma con el que matar a la terrible Medusa. De todos modos, no volvería a verse con el rey a menos que trajera consigo la cabeza del terror. Bajó a la costa y miró hacia Argos en el mar, su tierra natal; mientras miraba, el sol se puso, la luna se alzó y una suave brisa llegó soplando desde el oeste. De repente, un hombre y una mujer aparecieron ante él. Ambos eran altos y nobles. El hombre parecía un príncipe, tenía alas en su gorra y en sus pies, llevaba también un bastón alado alrededor del cual tenía dos serpientes doradas entrelazadas.

El hombre le preguntó a Perseo qué sucedía. Perseo le explicó cómo lo había tratado el rey y todas las duras palabras que había pronunciado. Luego la mujer le habló de forma muy educada; y él notó que, aunque no era guapa, tenía unos ojos grises hermosos, una cara severa pero encantadora y un tipo de reina. Ella le dijo que no tuviera miedo y se embarcase en su aventura con las gorgonas ya que ella lo ayudaría a obtener la terrible cabeza de Medusa.

«Pero no tengo ningún barco, ¿cómo puedo ir?» dijo Perseo.

«Te pondrás mis zapatillas aladas, ellas te llevarán sobre mar y tierra» dijo el extraño príncipe.

«¿Debería ir hacia el norte, sur, este u oeste?» preguntó Perseo.

«Yo te lo diré» le contestó la señora alta. «Primero debes ir a las tres Grayas, que viven más allá del mar helado muy al norte. Ellas conocen un secreto que nadie sabe, y debes forzarlas a que te lo cuenten. Pregúntales dónde puedes encontrar a las tres Doncellas que protegen las manzanas doradas del oeste; cuando te lo hayan contado, voltéate y sigue recto. Las Doncellas te darán tres cosas, sin las cuales nunca podrás obtener la terrible cabeza; ellas te enseñarán cómo volar a través del océano occidental hacia el fin de la tierra donde residen las gorgonas.»

El hombre se quitó sus zapatillas aladas y se las puso a Perseo. La mujer le susurró que tan solo despegase sin temer nada, de forma valiente y auténtica. Perseo supo de inmediato que ella era Atenea (diosa de la sabiduría) y que su acompañante era nada menos que Hermes (dios mensajero). Antes de que pudiera agradecerles su gratitud, ya se habían esfumado en el oscuro ocaso.

Fue entonces cuando alzó el vuelo para probar las zapatillas mágicas.

Las tres Grayas

Más ligero que un águila, Perseo voló hacia el cielo. Las zapatillas lo llevaron sobre el mar directo hacia el norte. Pronto pasó el mar y llegó a una tierra famosa, donde habían ciudades, pueblos y mucha gente. Voló sobre una cordillera de montañas nevadas, más allá de los cuales había grandes bosques y una gran planicie donde fluían muchos ríos, buscando el mar. Más allá encontró otra cordillera de montañas donde había pantanos congelados y un espacio natural lleno de nieve. Tras ello encontró de nuevo el mar, solo que este era un mar de hielo. Surcó el cielo sobre dicho mar entre icebergs y olas heladas donde el sol nunca calentaba. Al fin llegó a la caverna donde vivían las tres Grayas.

Estas tres criaturas eran tan ancianas que se habían olvidado de su propia edad, y nadie podía contar los años que llevaban vivas. El cabello largo que cubría sus cabezas era gris desde que nacieron; entre ellas compartían un solo ojo y un solo diente que se pasaban de unas a otras. Perseo las escuchó murmurar y canturrear en su hogar; él escuchaba con detenimiento.

«Nosotras conocemos un gran secreto que nadie más sabrá, ¿a que sí, hermanas?» Dijo una.

«¡Ja, ja, ja! ¡Y tanto que sí!» Comentaban las demás.

«Dame el diente, hermana, para poder sentirme joven y guapa de nuevo.» Dijo aquella más cercana a Perseo.

«Y déjame el ojo para poder ver qué está pasando en este ajetreado mundo.» Dijo la hermana que se sentaba a su lado.

«¡Ah, sí, sí, sí, sí!» Murmuró la tercera, mientras les pasaba a ciegas el ojo y el diente a las demás.

Fue entonces cuando Perseo rápidamente le arrebató los preciados objetos de su mano.

«¿Dónde está el diente? ¿Dónde está el ojo?» Gritaron las dos buscando a ciegas. «¿Se te cayeron, hermana? ¿Los has perdido?»

Perseo se reía en la puerta de la caverna mientras observaba la angustia de las hermanas.

«Yo tengo tu diente y tu ojo,» dijo, «y no volverán a tocarlos hasta que me cuenten el secreto. ¿Dónde están las Doncellas que guardan las manzanas doradas? ¿Hacia dónde me dirijo para encontrarlas?»

«Tú eres joven, nosotras somos viejas,» dijeron las Grayas, «ten piedad y devuélvenos nuestro ojo».

Perseo no cedió mientras ellas intentaban transmitirle lástima.

«Hermanas, debemos contárselo» dijo finalmente una de ellas.

«Sí, debemos contarle y así poder salvar nuestro ojo.»

Fue así cómo le contaron a Perseo cómo llegar a esas tierras al oeste, y qué camino debe seguir para encontrar a las Doncellas que guardan las manzanas doradas. Perseo entonces les devolvió el diente y el ojo.

«¡Ja, ja! ¡Ahora los días de juventud han vuelto de nuevo!» Y, desde entonces, ningún hombre ha vuelto a ver a las tres Grayas, ni nadie sabe qué fue de ellas.

Las Doncellas del oeste

Perseo volvió a emprender el vuelo con sus zapatillas mágicas a la velocidad del viento. Prontamente abandonó el mar helado que quedó tras de sí y llegó a unas tierras soleadas, donde habían verdes bosques y prados floridos, colinas, valles y finalmente un bello jardín donde había todo tipo de frutas y flores. Él supo que estas eran las famosas tierras del oeste, ya que las tres Grayas le habían descrito dicho lugar. Así que aterrizó y caminó entre los árboles hasta que llegó al centro del jardín. Allí vio a las tres Doncellas del oeste danzando y cantando alrededor de un árbol que estaba repleto de manzanas doradas. Era su deber que nadie tocase dichas manzanas.

Entonces Perseo se dirigió a hablar con las Doncellas. Ellas dejaron de cantar y se quedaron quietas alarmadas. Pero cuando vieron que Perseo llevaba las zapatillas mágicas, corrieron hacia él, dándole la bienvenida a las tierras del oeste y a su jardín.

«Sabíamos que estabas viniendo,» dijeron «ya que los vientos nos lo dijeron. ¿Pero por qué vienes?»

Perseo les contó todo lo que le había sucedido desde que era niño, así como sobre su aventura por obtener la cabeza de Medusa; y dijo que había venido a pedirles tres cosas que le serían de ayuda en su lucha con las gorgonas.

Las Doncellas le dijeron que no les darían tres, sino cuatro cosas. Una de ellas le dio una afilada espada, que estaba curvada como una hoz, que ella misma amarró al cinturón de Perseo en su cintura; otra le dio un escudo, el cual era más brillante que cualquier otro; y la tercera le dio una bolsa mágica, la cual colgó de su hombro con una correa.

«Estas son tres cosas que necesitas para poder conseguir la cabeza de Medusa; y ahora hay una cuarta, sin la cual tu aventura sería en vano.» Y le dio un casco mágico, el Casco de la Oscuridad; cuando se lo colocaron en su cabeza, no había criatura en el cielo o la tierra que pudiera verlo, ni siquiera las propias Doncellas.

Cuando Perseo estuvo por fin completamente equipado, ellas le dijeron dónde encontraría a las gorgonas, y qué tenía que hacer para obtener la terrible cabeza y escapar con vida. Lo besaron y le desearon buena suerte. Perseo se puso su Casco de la Oscuridad y partió hacia el lugar más alejado de la tierra; y las tres Doncellas volvieron a su árbol para bailar y cantar así como para proteger las manzanas doradas hasta que el viejo mundo se volviera joven nuevamente.

Las terribles gorgonas

Equipado con su espada afilada y su escudo brillante en su brazo, Perseo voló valiente en busca de las terribles gorgonas; pero tenía su Casco de la Oscuridad puesto así que se volvió tan invisible como el viento. Voló rápidamente sobre el vasto océano llegando así a las tierras sin sol y supo, por lo que le contaron las Doncellas, que la guarida de las gorgonas no debía estar muy lejos de ahí.

Escuchó un sonido como de alguien respirando profundamente, y miró alrededor buscando de dónde provenía este ruido. Entre las malas hierbas que crecían junto a un fangoso río, había algo que brillaba en la tenue luz. Se acercó un poco más, pero no se atrevió a mirar directamente hacia delante, ya que si se encontraba con la mirada de una gorgona, se quedaría petrificado. Así que se giró y sostuvo su brillante escudo usándolo como espejo para ver los objetos que tenía detrás.

Medio escondidas entre las malas hierbas yacían los tres monstruos, profundamente dormidos, con sus alas doradas plegadas alrededor de sí. Sus garras estaban estiradas y listas para matar a una presa; y sus hombros estaban cubiertos de serpientes dormidas. Las dos gorgonas más grandes yacían con su cabeza entre las alas como hacen los pájaros cuando duermen. Pero la tercera, que yacía entre ellas, dormía con su cara mirando hacia el cielo. Perseo supo que se trataba de Medusa.

De forma muy sigilosa se acercó cada vez más, siempre de espaldas hacia ellas y siempre mirando el brillante escudo para saber dónde ir. Desenvainó su afilada espada y, deslizándose rápidamente hacia abajo, dio un golpe de espaldas, tan certero, tan rápido, que la cabeza de Medusa fue decapitada de sus hombros y la negra sangre salió a borbotones de su cuello. Rápidamente guardó la terrible cabeza en su bolsa mágica y emprendió el vuelo de nuevo, yéndose así a la velocidad del viento.

Luego las dos gorgonas más viejas se despertaron, y se levantaron con gritos espantosos, desplegaron sus grandes alas y fueron tras él. No podían verlo, ya que el Casco de la Oscuridad se lo impedía. Pero podían sentir el olor de la sangre de la cabeza que llevaba en la bolsa, y como sabuesos lo persiguieron siguiendo el rastro con el olfato. Mientras él volaba a través de las nubes podía escuchar los espantosos gritos pero, con sus zapatillas mágicas, consiguió ir más rápido que ellas y pronto las dejó atrás.

La gran bestia marina

Perseo pronto cruzó el océano y volvió de nuevo a las tierras del oeste. Bajo él podía ver a las tres Doncellas bailando alrededor del árbol dorado; pero no paró ya que ahora tenía la cabeza de Medusa en su bolsa y debía apresurarse a casa. Voló hacia el este sobre el gran mar, después de un rato llegó a un país donde había palmeras, pirámides y un gran río fluyendo desde el sur. Aquí, mientras miraba abajo, vio algo raro: atisbó una hermosa chica encadenada a una roca en la costa, y desde lejos una enorme bestia marina nadando hacia ella para devorarla. Rápidamente bajó volando y habló con ella; pero como no podía verlo por su Casco de la Oscuridad, su voz tan solo la asustó.

Entonces Perseo se quitó su casco y se puso de pie sobre la roca; cuando ella lo vio con su pelo largo y sus maravillosos ojos así como su cara risueña, ella pensó que era el joven más guapo del mundo.

«¡Sálvame, sálvame!» Exclamó mientras extendía sus brazos hacia él.

Andrómeda encadenada a una roca mito Perseo y Medusa
Andrómeda encadenada a una roca de Gustave Doré (1832-1883).

Perseo sacó su espada y cortó la cadena que la ataba, llevándosela luego volando. Ya era demasiado tarde como para escapar volando así que Perseo sacó la cabeza de Medusa petrificando así a la bestia, la cual se dice que aún hoy en día se puede ver en el mismo sitio.

Fue entonces cuando Perseo guardó la cabeza de Medusa de nuevo en su bolsa y se apresuró en hablar con la chica que acababa de salvar. Ella le dijo que su nombre era Andrómeda, y que era la hija del rey de esas tierras. Le contó que su madre, la reina, era muy hermosa y orgullosa de su belleza; y cada día iba a la costa para ver su rostro reflejado en las tranquilas aguas; además presumía de que ni siquiera las ninfas que vivían en el mar eran tan guapas como ella.

Cuando las ninfas marinas se enteraron de eso, se enfadaron mucho y le pidieron al gran Poseidón, dios de los mares, que castigase a la reina por su orgullo. Así pues Poseidón envió un monstruo marino a destrozar los barcos del rey y a matar al ganado a lo largo de la costa así como destruir todas las cabañas de pescadores. La gente estaba tan angustiada que fueron a preguntar a la Pitia qué debían hacer; la Pitia les dijo que solo había una manera de salvar estas tierras de la destrucción: debían entregar la hija del rey, Andrómeda, al monstruo para que la devorase.

El rey y la reina querían mucho a su hija ya que ella era hija única; y por mucho tiempo rechazaron hacer lo que la Pitia les había dicho. Pero día tras día el monstruo seguía destrozando cada vez más, amenazando con destruir no solo las granjas sino también los pueblos; así pues se vieron obligados a entregar su hija Andrómeda para salvar su país. Esta es la razón por la que se encontraba encadenada a la roca para ser devorada por la bestia.

Cuando Perseo se encontraba aún hablando con Andrómeda, el rey y la reina se acercaron llorando a la costa acompañados por un gran número de gente dando por hecho que la bestia ya había devorado a su hija. Pero cuando vieron que no solo se encontraba viva, sino que fue rescatada por un apuesto joven, se llenaron de júbilo. Perseo había quedado tan embelesado con la belleza de Andrómeda que casi olvidó que su aventura aún no había finalizado; y cuando el rey le preguntó qué recompensa debería otorgarle por haber salvado la vida de Andrómeda, dijo:

«Dámela como esposa.»

Esto agradó mucho al rey; y así, al séptimo día, Perseo y Andrómeda se casaron. Hubo una gran fiesta en el palacio del rey y todo el mundo estaba feliz y alegre de nuevo. Estos dos jóvenes vivieron felices por algún tiempo en las tierras de las palmeras y pirámides; y, desde el mar hasta las montañas, no se dijo nada sobre el coraje de Perseo y la belleza de Andrómeda.

El rescate a tiempo

Pero Perseo no se olvidaba de su madre; y así, un bonito día de verano, él y Andrómeda tomaron rumbo a su hogar en un hermoso barco, ya que las zapatillas mágicas no podían llevarlos a los dos en el aire. El barco llegó justo donde se había lanzado el cofre de madera años atrás. Así, Perseo y su novia caminaron a través de los campos hacia el pueblo.

El malvado rey de esas tierras nunca cesó de intentar persuadir a Dánae para que fuera su esposa. Ella no le prestaba atención, y mientras más lo intentaba el rey, menos le gustaba a ella. Cuando el rey se dio cuenta de que no podría tenerla, declaró que la mataría. Así, en esa misma mañana empezó, espada en mano, a quitarle la vida.

Mientras Dánae huía del rey, Perseo y Andrómeda llegaron al pueblo. Dánae estaba tan asustada que no lo vio, pero corrió hacia el único sitio seguro. Este era el altar de Zeus, el cual tenía una ley que decía que ni siquiera el rey podía dañar a nadie que hubiera buscado refugio en el altar.

Cuando Perseo vio al rey corriendo como un loco hacia su madre, se puso en medio y le pidió que parase. Pero el rey lo atacó con su espada. Perseo consiguió parar el golpe con su escudo y en el mismo momento sacó la cabeza de Medusa de su bolso mágico.

«Prometí traerte un regalo, ¡y aquí está!» Gritó.

El rey vio la cabeza y fue petrificado, así como estaba con su espada en alto y esa terrible mirada de ira y pasión en su cara.

La gente de la isla se alegró cuando se enteraron de lo sucedido, ya que a nadie le gustaba el rey. Se alegraron también de que Perseo estaba de vuelta a casa, además de haber traído consigo a su hermosa mujer, Andrómeda. Así que, una vez lo habían debatido entre ellos, le preguntaron a Perseo si quería ser su rey. Él lo agradeció, y les dijo que únicamente reinaría por un día, y luego pasaría el reino a otro para así poder llevarse a su madre a casa y a sus parientes en la distante Argos.

Al día siguiente, así, dio el reino al noble hombre que los había salvado a él y a su madre del mar; luego se embarcó con Andrómeda y Dánae surcando el mar hacia Argos.

El disco mortal

Cuando el viejo padre de Dánae, el rey de Argos, se enteró de que un barco extraño llegaría con su hija y su nieto a bordo, se puso muy nervioso; ya que recordó lo que la Pitia le había predicho acerca de su muerte. Así pues, sin esperar siquiera a ver el navío, abandonó su palacio con premura y huyó del país.

«El hijo de mi hija no puede matarme si huyo de él,» dijo.

Pero Perseo no tenía intención de hacerle daño; y se entristeció mucho cuando se enteró de que su pobre abuelo había huido sin decirle a nadie adónde iba. El pueblo de Argos dio la bienvenida a Dánae a su antiguo hogar; y estaban muy orgullosos de su apuesto hijo. Le pidieron que se quedara para que algún día se convirtiese en rey de Argos.

No mucho después, un rey de otro país no muy lejano, estaba organizando juegos y dando premios a los mejores corredores y saltadores, así como lanzadores de disco (quoits). Perseo fue para allá para poner a prueba su fuerza junto a los demás jóvenes de la zona; ya que si conseguía ganar un premio, su nombre sería reconocido en todo el mundo. Nadie en ese país sabía quién era, pero todos quedaron maravillados con su noble talla, así como su fuerza y habilidad. Además le fue sencillo ganar todos los premios.

Quoits mito perseo y medusa
Mineros de Newcastle jugando a Quoits

Un día, mientras demostraba lo que podía hacer, lanzó un disco muy pesado mucho más lejos de lo que se había lanzado antes. Cayó en la muchedumbre de espectadores, golpeando a uno de los que estaban allí de pie. Cuando Perseo corrió a ayudarlo, vio que había muerto. Este hombre era nada menos que el padre de Dánae, el antiguo rey de Argos. Escapó de su reino para salvar su vida y haciendo esto solo consiguió su muerte.

Perseo fue sobrecogido por el dolor, e intentó de todas las maneras rendir honor a la memoria del desgraciado rey. El reino de Argos era ahora legítimamente suyo, pero no podía soportar el hecho de que se debiera a haber matado a su abuelo. Así que se lo cambió a otro rey que ya gobernaba otras dos ricas ciudades, no muy lejos de allí, llamadas Micenas y Tirinto. Él y Andrómeda vivieron felices en Micenas durante muchos años.