El ansia por la riqueza, el poder y la autoridad se encuentra en todas las épocas de la historia humana. Siempre se ha asociado con el deseo de adquirir oro en el mundo antiguo. El mito del rey Midas es un ejemplo intemporal de las consecuencias que trae consigo este ansia por poseer y acumular este metal precioso.

Había una vez en un lugar lejano llamado Frigia, un rey llamado Midas que era conocido por su sabiduría, riqueza y piedad.

Cuadro del mito del rey Midas con Apolo
«Apolo y el rey Midas», por Simon Floquet

El anciano Sileno

Alrededor de su palacio, Midas tenía un jardín de rosas que desprendían un gran aroma y también había un manantial de agua cristalina. Un día, Dioniso, el dios del vino, pasaba por Frigia con su séquito, pero de repente perdió de vista a Sileno, quien era su querido compañero y maestro.

Tras el paso de algunos días, los pueblerinos encontraron un viejo sátiro borracho en el jardín real de Midas, adornado con unas guirnaldas. Rápidamente lo llevaron al rey y éste se dio cuenta de que se trataba de Sileno, a quien amablemente recibió durante diez días, porque quería conocer los secretos de su sabiduría.

Durante diez días y diez noches, Midas estuvo de fiesta y banquete con Sileno, escuchando y aprendiendo de las extrañas historias del anciano. Sileno le contó una historia sobre un terrible torbellino que ningún viajero puede cruzar. A su lado fluyen dos ríos: a orillas del primer río crece un árbol que quien come sus frutos envejece y se marchita. A orillas del segundo río crece un árbol cuyos frutos hacen que las personas rejuvenezcan de nuevo. Si un anciano da una mordida, rejuvenece en adulto; dos mordidas y se vuelve un joven; tres mordidas y se convierte en un adolescente; cuatro mordidas y se vuelve un niño; cinco mordiscos y se convierte en un bebé. Sin embargo, si muerde una sexta vez, desaparece por completo.

El deseo del rey Midas

Finalmente, al undécimo día, Midas persuadió a Sileno para que regresara con Dioniso, a orillas del río Pactolo. Dioniso se puso muy contento al saber que el rey Midas había cuidado tanto a su querido compañero Sileno y le dijo al rey que podía pedir cualquier deseo a cambio.

Al principio, Midas estuvo pensando sobre la historia que le había contado el anciano sobre el árbol de la juventud, pero luego recordó algo que le sucedió cuando era bebé: unas hormigas le llevaron semillas de trigo dorado a sus labios, una señal de que obtendría una enorme riqueza. Entonces, en vez de elegir la juventud, Midas dijo:

Quiero que todo lo que toco se convierta en oro.

Dioniso le concedió el deseo inmediatamente y el rey se fue, emocionado por el futuro que le esperaba. Mientras caminaba, pisó una rama de roble y ¡se hizo dorada! Luego tocó una piedra además de un pedazo de tierra, volviéndose también de oro. Lo mismo sucedió cuando recogió un grano de trigo. Midas llegó a su palacio y comenzó a tocar las columnas, cortinas, puertas, ¡todo se volvió de oro!

Las consecuencias de un deseo avaricioso

Al principio, Midas ganó mucho poder al poder volver dorado todo lo que tocaba. Sin embargo, poco a poco se dio cuenta de que no pensó en las consecuencias que tendría el hecho de que todo lo que tocase se convirtiese en oro. Cuando fue a lavar su ropa, el agua se volvió dorada entre sus dedos. Luego pidió comida y vino pero, cuando tocó un trozo de pan, se convirtió en oro macizo. Al morder un poco de carne casi se rompe los dientes en el metal. Hasta el vino, regalo de Dioniso a los humanos, se convirtió en oro líquido al pasar por sus labios.

El rey Midas en busca de una solución

El rey se dio cuenta de que ya no podía comer ni beber, así que pronto empezó a sentir hambre y sed. Ese metal tan preciado se volvió en una pesadilla para este rey. Fue a hablar con Dioniso y le pidió que si podía revertir su deseo.

Dioniso sintió compasión por él y le dijo:

Para revertir el deseo, debes ir a los manantiales del río Pactolo. Lávate en el arroyo y elimina tu avaricia.

Rápidamente Midas se dirigió al río y, mientras lavaba sus manos, vio cómo el oro salía por sus dedos pasando al agua de este río mágico. Estas aguas neutralizaron el efecto del deseo que había pedido el rey.


La leyenda también cuenta que las aguas de este río son auríferas, es decir, que sus sedimentos contenían oro.

Estos sedimentos serían la fuente de la riqueza del rey Creso, hijo de Aliates.

Fuentes